Andrea Jaque
Alejandro Rogazy, de 65 años, hijo de Alejandro Rogazy Müller y Sonia Carrillo Quintero, inició su formación en la que era la Escuela N°2 de Victoria, continuó en el Colegio La Salle de Temuco y más tarde estudió Economía en Valdivia. Sin embargo, su destino lo llevó a la restauración: se formó en el taller de Ramón Campos Larenas en Santiago durante diez años, y posteriormente obtuvo una beca del Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia para estudiar en Florencia, en una de las universidades más prestigiosas del mundo. Allí, tras un exigente examen con postulantes de todo el mundo, accedió a prácticas únicas en la Capilla Sixtina y la Capilla Brancacci, bajo la guía de maestros de excelencia como Colalucci.
Su carrera lo ha llevado a trabajar en colecciones privadas, museos, bancos y corporaciones culturales en Chile, además de proyectos en Ginebra y Florencia, donde también imparte clases de color. Con casi 45 años de trayectoria, Rogazy se ha especializado en la restauración de pintura sobre tela, madera y metal, siempre bajo los principios internacionales de la disciplina: reversibilidad, diferenciación, compatibilidad de materiales, respeto por lo original y ética profesional.
En su visión, la restauración es más que un oficio técnico: es un puente entre la memoria, la identidad y la cultura. “Lo que yo hago es conservar las pruebas tangibles de nuestra memoria”, explica, subrayando que el patrimonio puede ser histórico, estético o afectivo, y que cada pieza, desde una virgen de yeso hasta un ícono de madera milenario, merece el mismo respeto.
Hoy, Rogazy ha decidido volver a Chile, convencido de que su aporte es más necesario aquí que en Europa, pese a las diferencias económicas. Su trabajo se mueve entre la conservación, centrada en la materialidad de las obras y la restauración, que busca la integración estética, siempre con una mirada interdisciplinaria que involucra químicos, biólogos, historiadores, arquitectos, entre otros.
Con rigor técnico y sensibilidad cultural, Alejandro Rogazy Carrillo invita a reflexionar sobre cómo la restauración no es “arreglar cosas”, sino preservar los valores que nos unen como sociedad y que dan sentido a nuestra memoria colectiva.


