Neimar Claret Andrade
Foto: Juan Osorio Lovys
Acostumbrado a subir a escenarios para competir bailando cueca, el angolino Camilo Antonio
Fernández Muñoz, de 16 años, cambió, por una noche, los zapatos de huaso por los guantes de
boxeo y el resultado no pudo ser mejor: debutó sobre el ring con una victoria por nocaut técnico
en el primer round.
El joven pertenece a la Escuela de Boxeo Angol y participó, recientemente, en la denominada
Batalla del Biobío, velada organizada por el Club de Boxeo Mulchén que reunió a representantes
de Los Ángeles, Laja, Santa Bárbara y San Rosendo, además de la delegación angolina invitada en
representación de La Araucanía.
Fernández compitió en la categoría de 70 kilos y enfrentó a un representante de Santa Bárbara.
“Fue un debut muy bueno — explicó el profesor de la Escuela de Boxeo Angol, Gustavo
Coronado— Camilo tiene muchas condiciones para el boxeo. Lleva ya un tiempo entrenando, pero
en su primera competencia terminó ganando en el primer round por nocaut técnico”.
Un zapateo antes de los golpes
Pero el debut tuvo una particularidad que llamó la atención del público antes de que siquiera
comenzara el combate.
Camilo es un destacado bailarín y competidor de cueca, disciplina en la que ha representado a
Angol en diferentes puntos del país y en la que actualmente ostenta un título nacional juvenil.
Y parte de esa experiencia llegó con él hasta el ring.
Durante el calentamiento previo a su primera pelea, el adolescente incorporó algunos pasos y
zapateos de cueca y, cuando llegó el momento de subir al cuadrilátero, volvió a marcar algunos
movimientos desde su esquina.
Coronado considera que la formación como bailarín ha contribuido directamente a las condiciones
que Camilo comienza a mostrar como boxeador. “El baile le aporta mucho en cuanto a cualidades
motrices. Es un chico que no solamente destaca por sus condiciones técnicas y físicas, sino que
además presenta cualidades coordinativas y motrices que son propias del baile”.
El entrenador recordó que el improvisado zapateo también sirvió para animar al público y ayudar
al adolescente a enfrentar los nervios propios de su primera competencia.
“Camilo —comentó— sacó toda la personalidad de un huaso al momento de salir a pelear. Yo creo
que, como viene del mundo de la cueca, fue una forma de liberar tensiones, agarrar confianza y
hacer lo que mejor sabe”.
El propio Camilo reconoce que una de las herramientas que trasladó desde el baile hasta el boxeo
fue precisamente la actitud. “Mi preparador de cueca siempre nos ha recalcado que la actitud es
lo primordial antes de todo”.
De Cobra Kai al boxeo
Aunque lleva entre dos y tres meses entrenando boxeo de manera continua, Fernández ya había
tenido acercamientos anteriores a esta disciplina, que posteriormente interrumpió debido a sus
compromisos con la danza.
Curiosamente, su interés por los deportes de combate nació frente a una pantalla. “Mi inspiración
por el boxeo nació por una película que vi; en realidad, por Cobra Kai. Sé que no es boxeo, sino
karate, pero incluía golpes y siempre me gustó el deporte de contacto”.
Ahora, después de superar con éxito su primera pelea, pretende continuar desarrollándose
también como boxeador.
Próxima parada: Estados Unidos
Sin embargo, antes de volver al ring deberá cumplir otro importante desafío, esta vez nuevamente
de la mano de la cueca.
Camilo viajará a Estados Unidos entre el 3 y el 15 de septiembre para representar a Angol a través
del baile nacional.
Mientras tanto, la Escuela de Boxeo Angol proyecta nuevas competencias para sus deportistas
durante los próximos meses. Gustavo Coronado explicó que actualmente cuentan con alrededor
de cinco boxeadores preparados para competir, dependiendo de las convocatorias y de la
disponibilidad de rivales en sus respectivas categorías.
La escuela espera participar en al menos una nueva velada antes de terminar el año y mantiene
entre sus posibilidades una competencia en Chillán que fue aplazada para noviembre.
Camilo, por su parte, tendrá que seguir compatibilizando dos disciplinas que parecían pertenecer a
mundos completamente distintos, pero que en su caso terminaron encontrándose sobre un
mismo ring: primero el zapateo y, cuando sonó la campana, los golpes.

