Mié 11 Marzo, 2026

Ruta R-35: Una herida abierta en el corazón rural de Collipulli

Los vecinos —en su mayoría pequeños y medianos productores— son los que pagan el precio más alto 

No son hoyos, son cráteres. Verdaderos abismos en el asfalto que más lucen como vestigios de un campo de batalla que parte de una ruta que conecta a cientos de familias con el resto de la comuna. Así está la ruta R-35 hacia San Andrés, en Collipulli, un camino que se cae a pedazos mientras sus habitantes ven, una vez más, cómo las promesas se las lleva el viento, y el barro.

Ya en verano se encendieron las alarmas. Se enviaron oficios, se hicieron declaraciones públicas, se avisó por todos los medios posibles, pero la respuesta fue la de siempre: “Vamos a arreglarlo”. Un “sí, claro” que resuena como un eco vacío entre los árboles y potreros que bordean el camino.

Pasaron los meses, llegó el invierno y con él, la pesadilla. Los hoyos de ayer son hoy verdaderos cráteres que tragan neumáticos, doblan llantas y ponen a prueba la paciencia de los conductores.

Los vecinos —en su mayoría pequeños y medianos productores— son los que pagan el precio más alto. Sus vehículos, herramientas fundamentales de trabajo y vida, se deterioran día a día. “Aquí no ha pasado una tragedia solo por milagro”, dicen algunos. Porque no se trata solo del daño económico: cada viaje es una ruleta rusa. Cada curva con barro, cada bache cubierto por agua es un riesgo latente. Y sin embargo, la respuesta institucional sigue siendo la misma: promesas, compromisos, plazos inciertos.

Quienes viven en San Andrés y sectores cercanos aseguran sentirse abandonados. “En Collipulli no hay ciudadanos de primera ni de segunda. Todos merecemos el mismo trato”, reclaman. Y con razón. Porque mientras en otras ciudades las soluciones llegan rápido, aquí las solicitudes se empolvan en escritorios.

El problema, además, no se limita a la ruta R-35, también la R-49, la R-336 y varios otros caminos rurales de la comuna están en condiciones deplorables. El abandono es transversal y la molestia crece.

Hoy, los vecinos no piden favores, exigen derechos. Caminos dignos, seguros, transitables. No puede ser que quienes alimentan la región desde el campo tengan que enfrentarse a la desidia estatal cada vez que encienden su motor. El llamado es urgente, claro y directo: que las autoridades escuchen, vean y actúen, porque la paciencia ya se agotó… y el invierno recién comienza.

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