David Lagos
Hay escenas urbanas que parecen sacadas de una comedia absurda, pero no: ocurren en plena vía
pública y a la vista de todos. En la esquina de Dartnell con avenida O’Higgins en Victoria, un
flamante paso peatonal invita, con su blanca y prolija demarcación, a cruzar con seguridad. La
pintura está impecable. La señalética, en regla. El mensaje es claro: “cruce por aquí”.
El problema viene después.
Porque cuando el peatón obedece la instrucción, cuando confía en la institucionalidad vial y
avanza con fe cívica hacia la vereda de enfrente, se encuentra de golpe con una reja. Sí, una reja.
Firme, infranqueable, instalada como si alguien hubiera olvidado que al otro lado del paso debe
existir, detalle menor, continuidad peatonal.
Resultado: el ciudadano queda literalmente atrapado entre el tránsito vehicular y una barrera
metálica que le corta el paso. No hay rampa lateral. No hay apertura. No hay alternativa
evidente. Solo la sensación de haber sido víctima de una broma urbana de mal gusto.
La escena roza lo tragicómico. Automovilistas que frenan respetando el cruce, peatones que
avanzan confiados y, de pronto, el desconcierto.
Algunos retroceden con torpeza. Otros intentan bordear la reja como pueden. Los más incrédulos
simplemente se quedan mirando, preguntándose quién diseñó semejante despropósito.
Más allá de la anécdota que podría arrancar carcajadas si no fuera real, el asunto es serio. La
planificación urbana no puede permitirse errores de este tipo. Un paso peatonal no es solo pintura
sobre el asfalto; es una promesa de seguridad y accesibilidad. Es una señal de que la ciudad
piensa en quienes caminan. Cuando esa promesa termina en un obstáculo físico, lo que se vulnera
no es solo el tránsito: es la confianza.

